A medida que avanzaba el siglo XX y ya en el presente siglo XXI, se ha ido experimentando un cambio en la sensibilización de la ciudadanía ante el patrimonio histórico y artístico. Este patrimonio es visto como algo propio, definitorio de un pueblo en un momento determinado y testimonio de su historia. No obstante, son múltiples las circunstancias que hacen que ciertos bienes sean separados de los lugares para los que fueron concebidos y en consecuencia, estén hoy diseminados por toda la geografía terrestre.
En los últimos años se han realizado varios estudios sobre el patrimonio que se encuentra fuera de las fronteras de Aragón. Se han localizado un gran número de piezas, su ubicación actual y se han intentado aclarar los motivos por los que salieron de sus lugares de origen. Los bienes emigrados datan en su mayoría de la Edad Media y principios del Renacimiento y son de lo más heterogéneo: a los retablos, tallas, objetos de platería y demás bienes muebles, se suman portadas de iglesias, como la de San Miguel de Uncastillo, chimeneas góticas o techumbres mudéjares como la de la Casa del Judío de Teruel, que se exponen en museos de todo el mundo o decoran las mansiones de coleccionistas acaudalados.
Para explicar la dispersión del patrimonio nos tenemos que remontar al siglo XIX y sobre todo a comienzos del siglo XX. Hay que situarse en un contexto en el que se comienzan a apreciar los testimonios artísticos de épocas pasadas, sobre todo medievales, y en el que debido a una cierta pujanza económica, se forjan destacadas colecciones particulares y se crean importantes museos. Marchantes y anticuarios recorren la geografía aragonesa en busca de piezas de valor que comprar a buen precio. A esto contribuye el hecho de que en esta época, no existiese una conciencia de conservación del patrimonio; los pueblos se desprendían de los objetos antiguos que estaban fuera de culto en sus iglesias, por considerar que no poseían interés alguno, aún siendo obras de arte. Además el proceso de desamortización de los bienes de la iglesia que se llevó a cabo principalmente en el siglo XIX, supuso la desaparición y la dispersión de muchas obras de arte, libros y bibliotecas conventuales que se nacionalizaron y fueron a parar a museos, depósitos y bibliotecas públicas de la época.
A comienzos del siglo XX se extiende el fervor coleccionista. Salen de las fronteras de Aragón, a través de las casas de subastas, un gran número de bienes culturales que van a parar a manos de coleccionistas, enriquecidos tras la Primera Guerra Mundial, entre los que destacan Pierpont Morgan, William Randolph Hearst o Jean Paul Getty, y también a museos extranjeros como el Metropolitan Museum de Nueva York, el Philadelphia Museum of Art o la National Gallery de Londres. Dentro del territorio español se pueden encontar obras aragonesas en las colecciones del Museo Nacional de Arte de Cataluña, el Museo Diocesano de Lérida, el Museo del Prado o el Museo Lázaro Galdiano entre otros.
El hecho de que las obras hayan sido puestas en valor fuera Aragón ha sido esencial para que recobren el aprecio que nunca debieron perder en sus lugares de origen.